martes, 19 de abril de 2011

Capítulo 4


Capítulo 4

La historia pertenece a la grandiosa Lynne Graham y los personajes de la bellísima S.M.

Edward dejó a Bella sobre la cama. El deseo le sonrojaba las mejillas y el camisón azul que llevaba no era precisamente modesto. Lo cierto era que a Bella le gustaba llevar lencería refinada estando sola porque la hacía sentirse una mujer sumamente glamurosa, pero no estaba acostumbrada a tener público, así que se apresuró a sentarse y taparse las piernas con la sábana.

Edward se desabrochó la camisa y se quitó los zapatos. Bella se quedó sin aliento. Se dijo que debía apartar la mirada, pero no pudo. Tenía veintitrés años y nunca había visto a un hombre desnudo. Jamás había estado a solas en la misma habitación con un hombre.

¿Por qué? Porque seguía siendo virgen. En cierto sentido, estaba convencida de que seguía siéndolo precisamente porque había conocido a Edward y había decidido que quería lo que no podía tener.

A los diecinueve años había descubierto que el deseo físico cortaba como un cuchillo y aniquilaba el raciocinio y el orgullo. Aunque cuando se conocieron él no sentía por ella lo mismo que ella por él, cuando se separaron Bella había comparado a todos los hombres que habían aparecido en su vida con Edward.

Ninguno había dado la talla.

-Me voy a duchar, bella mía...

-No soy guapa, así que no me llames así -con testó Bella apartando los ojos de aquellos músculos perfectos y níveos.

Edward se arrodilló junto a la cama y la miró.

-Si te digo que eres guapa es porque lo eres -le aseguró.

-Pero...

-Tienes un cuerpo precioso...

-Soy bajita...

-Sí, pero tus curvas son maravillosas. Desde que te he visto, he querido agarrarte en brazos y depositarte en mi cama y aquí estás.

Edward se puso en pie y se bajó la cremallera de los pantalones.

-Deberías descansar -insistió Bella apartando la mirada muy a su pesar.

-Duérmete y deja de discutir -rió Edward. Se reía, sonreía. Parecía feliz y aquello a Bella se le hacía extraño. Se giró y se dijo que no pasaba nada por compartir la cama. Además, era una cama grandísima, pero... ¿y si Edward se acercaba a su lado en mitad de la noche y se ponía cariñoso?

¿Lo rechazaría? Sabía que no. Lágrimas de rabia se incrustaron en sus ojos y parpadeó furiosa para acabar con ellas.

La voz de su conciencia le recordó que Edward recuperaría la memoria pronto y Bella se preguntó cómo se sentiría si hubiera habido algo físico entre ellos para entonces. Era un hombre soltero y sofisticado y seguramente el sexo para él no sería nada serio. Si ella conseguía comportarse de manera también casual. Edward creería que para ella tampoco había significado nada.

Bella se dio cuenta de repente de que estaba in tentando convencerse a sí misma de que no pasaría nada por acostarse con Edward.

-¿Sigues despierta, cara?

Al oír su voz, Bella sacó la cabeza de debajo de la almohada y lo miró.

Sólo llevaba una toalla anudada a la cintura y las gotas de agua le resbalaban desde el pelo y le caían por el torso.

Bella asintió bajo la atenta mirada de Edward, que se sentó en el borde de la cama y apartó la sábana.

-Quiero verte -le dijo con voz ronca.

Bella sintió que el corazón se le aceleraba.

-Quiero verte todo... -añadió Edward.

Bella iba a decir que no, de verdad, iba a negarse, pero entonces cometió el error de mirarse en aquellos impresionantes ojos verdes y perdió la razón.

-Edward...

-Me encanta cómo dices mi nombre -contestó él besándola en los labios con delicadeza.

Acto seguido, su lengua pidió paso y se introdujo en su boca. Bella no pudo evitar gemir y acariciarle el pelo.

-Tienes una boca increíble -dijo Edward tomándola en brazos y colocándola a horcajadas sobre sus caderas.

-No deberíamos... -le advirtió Bella sorprendida-. No podemos hacerlo.

-¿Ah, no? -contestó Edward desabrochándole el camisón y dejando sus pechos al descubierto-. Santo cielo... eres preciosa...

Bella se sonrojó de pies a cabeza mientras Edward jugueteaba con sus pezones. Se sentía intimidada y emocionada a la vez por sus caricias. En ese momento, Edward inclinó la cabeza y sus labios siguieron el mismo rastro que sus dedos.

-Oh... -exclamó Bella sorprendida mientras una deliciosa sensación, entre placentera y dolorosa, se apoderaba de ella.

Era una sensación que nacía en el pezón y viajaba por todo su cuerpo hasta su entrepierna. Bella dejó caer la cabeza sobre su hombro en señal de rendición.

-Desde que te vi en la clínica, he soñado con este momento, con tenerte en mi cama... -confesó Edward-. ¿Ocurrió lo mismo cuando nos conocimos?

-Nunca me lo has dicho -murmuró Bella escondiendo el rostro en su hombro.

-Así que no comparto mis secretos cuando me despierto a tu lado, ¿no?

-Oh...

Edward la apoyó contra las almohadas para poder admirarla y besarla bien. Cuando se dio cuenta de que Bella movía rítmicamente las caderas, sonrió satisfecho.

-Me deseas, bella mía.

Era inútil negarlo. Bella sentía todo su cuerpo en tensión, jamás se había sentido tan viva. No podía pensar con claridad, sólo podía sentir. Alargó el brazo para atraerlo hacia ella.

-No tengas prisa -dijo Edward con voz sensual mientras le quitaba el camisón y se fijaba en los rizos rubios de su pubis.

-Edward...

Al saberse imperfecta y no pudiendo aguantar el escrutinio, Bella se dio la vuelta y se tapó con la sábana. Acto seguido, Edward se puso en pie y se quitó la toalla. Lo que vio dejó a Bella sin aliento.

Edward estaba completamente excitado.

Sin darle importancia, se tumbó junto a ella en la cama y Bella creyó que se iba derretir de deseo.

-Te deseo -rugió Edward besándola con fuerza-, pero también quiero atormentarte de placer...

Bella se regocijó al sentir el peso de su cuerpo encima, le pasó los brazos por el cuello y lo besó con pasión. Aquellos besos y aquella situación eran mucho mejor de lo que jamás había soñado.

Lo cierto era que se sentía perdida en un nuevo mundo de sensualidad y Edward no hacía más que hacerla gozar acariciándole los pechos.

-Me gusta mirarte -le dijo.

Bella sintió una punzada de deseo entre las piernas que la hizo abrir los ojos y, comprendiendo su deseo, Edward le tocó la entrepierna, descubrió la humedad que allí se escondía y recorrió la entrada de su cuerpo haciéndola gemir.

-Edward, por favor... -le rogó Bella completa mente excitada.

Edward accedió a sus deseos y se introdujo en su cuerpo.

-Estás muy tensa, cara mía -rugió de placer mientras Bella se sorprendía ante aquella invasión.

Edward volvió a intentarlo y aquella vez consiguió llegar al centro de su cuerpo. Bella gritó de dolor y se le saltaron las lágrimas.

Edward se quedó mirándola fijamente con incredulidad.

-¿Eres virgen o son imaginaciones mías?

El cuerpo de Bella se estaba ajustando al invasor y el dolor había remitido. Siempre había soñado con que Edward fuera el primer hombre con el que se acostara y lo había conseguido, así que no podía permitirse parar ahora.

-No sabía que iba ser así... no pares...

-Mi esposa es virgen... -comentó Edward algo nervioso.

Bella le pasó los brazos por el cuello invitándolo a seguir.

-Por favor...

Edward volvió a introducirse en su cuerpo y pronto sus caderas se acompasaron en cíclicos movimientos que los llevaron a convulsionarse hasta alcanzar el clímax.

Sorprendida por aquella sensación, Bella se dejó caer contra las almohadas y se quedó en silencio. Se dio cuenta de que no debería haberse dejado llevar y de que, además, al haberse acostado con Edward se había entrampado ella sólita.

No se había dado cuenta de que Edward se iba a percatar de que era virgen y aquello no encajaba, pues se suponía que era su mujer.

En ese momento, Edward la abrazó y la miró a los ojos.

-Eres increíble... -comentó-. ¿Cómo es posible que fueras virgen?

Bella palideció y se dio cuenta de que Edward se estaba preguntando si se acababan de casar. Estaba tan avergonzada que no se atrevía a mirarlo a los ojos.

¿Se había vuelto loca?

-Estás muy callada... -comentó Edward.

-¡Me muero por ducharme! -exclamó Bella levantándose de la cama de un salto.

Lo único que podía pensar era en huir, pero de repente se dio cuenta de que estaba completamente desnuda y se arrodilló en el suelo con poca gracia para recoger su camisón y ponérselo a toda velocidad.

Una vez vestida de nuevo, recobró la compostura y salió de la habitación con dignidad. Edward la miró con incredulidad.

-¿Qué te pasa?

-¿Qué quieres que me pase? -contestó Bella forzando una sonrisa y volviendo a su habitación para encerrarse en el baño.

¿Qué iba a pensar Edward de ella cuando recupera la memoria?

La vergüenza se apoderó de ella. Le iba a parecer una mujer patética por haberse acostado con él en aquellas circunstancias.

Quizás, se diera cuenta de que sólo una mujer completamente enamorada se entregaría precisa mente en aquellas circunstancias porque la desesperación la llevaría a agarrarse a un clavo ardiendo.

En cualquier caso, le iba a parecer patética y aquello la mortificaba.

En la habitación de Edward sonó el teléfono y Humberto lo informó en tono poco menos que confidencial de que tenía una visita.

-¿De quién se trata? -preguntó Edward mientras comenzaba a vestirse.

El mayordomo no quiso decírselo por teléfono, así que Edward se vio obligado a bajar.

-¿A qué viene tanto misterio? -le preguntó a Humberto en tono seco.

-Ha venido a verlo la señorita Tanya Denali-contestó el mayordomo.

Edward Cullen apretó las mandíbulas porque aquel nombre no le decía nada y aquello lo frustraba sobre manera.

-¿He hecho mal en dejarla entrar? -se lamentó Humberto.

Edward se preguntó por qué habría de haber hecho mal el mayordomo en dejar entrar a aquella mujer, pero el orgullo le impidió confesarse con un empleado, así que no dijo nada.

Se limitó a pasar al salón de las visitas donde Humberto había alojado a la invitada. Se trataba de una mujer de pelo castaño y ojos verdes, muy guapa, que fue hacia él y lo abrazó con fuerza.

-¿Te haces una idea de lo preocupada que me tenías? -preguntó aquella fémina de cuerpo escultural. - Habíamos quedado ayer y, como no apareciste, pensé que estarías demasiado ocupado, pero cuando me enteré de que habías tenido un accidente decidí venir.

Desconcertado por su saludo, Edward se apartó de ella y la miró con recelo.

-Cómo puedes observar, no hay motivo de preocupación. Estoy muy bien.

-No seas tan frío conmigo -protestó Tanya.

-¿Estoy siendo frío? -preguntó Edward para ganar tiempo.

La modelo hizo un puchero y lo miró de manera provocativa.

-Está bien -suspiró-. No debería haber venido porque sé que crees que tu amante debe ser ultra discreta, pero no estamos en el siglo XIX.

Edward consiguió mantener la compostura ante aquella revelación. Entonces, comprendió por qué Humberto no sabía si había hecho bien dejándola entrar. Tanya Denali era su amante y tenía la caradura de ir a su casa a pesar de que sabía que era un hombre casado.

Por desgracia, la conducta de su amante le revelaba que su propia conducta para con su mujer no debía de haber sido muy acertada.

Era obvio que, antes del accidente de coche, no había prestado atención a su matrimonio ni a su mujer.

-Tienes razón. Creo que hubiera sido mucho mejor que no hubieras venido -le espetó-. Ya que estás aquí, aprovecho para decirte que nuestra relación ha terminado.

Tanya lo miró enfadada mientras Edward se disculpaba con el único objetivo de que aquella mujer saliera de allí antes de que Bella se enterara de su presencia. No le estaba gustando nada enterarse de que su vida era un caos.

¡Ahora comprendía por qué Bella se mostraba tan tensa con él!

¿Sabría que existía Tanya?... ¡Por supuesto que sí! Ése debía de ser el motivo por el que su matrimonio no se había consumado. ¿Se había negado Bella a acostarse con él mientras tuviera una amante?

Sin duda, aleccionada por el doctor Lerther, su esposa no había querido darle ninguna información que lo pudiera preocupar.

Si no hubiera sido por lo nerviosa y confundida que la había visto después de haberse acostado con ella, habría pensado que seguía siendo virgen porque se acababan de casar.

Lo cierto era que seguía siendo virgen porque él era un bastardo. Inmediatamente, se sintió culpable, algo que era nuevo para él.

Los hombres de su familia se enorgullecían de ser personas honestas, eran sus mujeres las que eran infieles, ambiciosas, promiscuas y débiles. Sin embargo, Bella no era así en absoluto.

Tanya intentó hacerlo cambiar de opinión y, al ver que no lo conseguía, lo acusó de ser increíble mente cruel e insensible.

Edward no contestó.

Al final, Tanya se dio por vencida y salió al vestíbulo justamente cuando Bella bajaba las es caleras buscando a Edward. Se quedó petrificada en el sitio, observando a aquella belleza de cabellera castaña y piernas tan largas como todo su cuerpo.

¿Habría ido a ver a Edward? ¿Sería su novia? ¿Cómo demonios no se le habría ocurrido pensar que Edward pudiera tener novia?

Confusa y nerviosa, Bella se apresuró a volver a la cama. Antes de quedarse dormida, pensó que, si Edward hubiera tenido una mujer en su vida, su tía no se habría puesto en contacto con ella.

Diez minutos después, Edward observaba a su es posa dormida.

Tenía las pestañas pegadas y los ojos algo hinchados, como si hubiera estado llorando.

Se mal dijo a sí mismo y recordó que nunca se había preocupado demasiado por los sentimientos de las mujeres que lo rodeaban.

Jamás se había enamorado de ninguna y siempre había sido el que había puesto punto final a las relaciones, pero aquella mujer era diferente porque era su esposa y la estaba haciendo infeliz.

Bella no se merecía aquello.

No le había hablado de Tanya y eso quería decir que era una mujer razonable. Edward decidió no hablar de aquel tema tampoco. Había cosas de las que era mejor no hablar.

Lo único que importaba era que Bella era su esposa. Edward decidió que aquél era un buen momento para comenzar de nuevo...

Cuando Bella se despertó, sintió un desconocido dolor entre las piernas y recordó todo lo que había sucedido la noche anterior.

Consultó el reloj comprobó que era más de mediodía. Había tenido pesadillas y no había dormido bien. Se levantó de la cama recordando la cara de Edward mientras hacían el amor.

Se estremeció. Pensar en él hacía que le fallaran las piernas.

Lo que más le gustaba era poder fingir que Edward era su hombre. Era ridículo, pero era su sueño hecho realidad.

La noche anterior se había arrepentido por haberse acostado con él, pero ahora, mientras abría las cortinas, decidió que no era para tanto.

Se había acostado con él, sí, pero no creía que para Edward aquello hubiera sido demasiado importante. Al fin y al cabo, no se acordaba de ella, pero no había perdido el tiempo. La había llevado a su cama en cuanto había podido y lo cierto era que Bella no se arrepentía.

Para ser completamente sincera consigo misma, se moría de ganas porque aquello volviera a repetirse, por volver a sentir aquel extraordinario placer.

¿Se había vuelto loca? No, estaba desesperada mente enamorada de aquel hombre y no se podía imaginar compartir algo tan íntimo con otro que no fuera él.

¿Qué había de malo en querer tener unos cuan tos buenos recuerdos para el futuro? Cuando Edward hubiera recuperado la memoria y se hubiera deshecho de ella, al menos tendría los recuerdos para seguir viviendo.

Además, sabía que no iba a ser capaz de encontrar a otro hombre pues Edward era superior a todos. Por eso no se había enamorado nunca y nunca volvería a enamorarse.

En aquel momento, oyó un ruido a sus espaldas mientras se pintaba los labios en el baño.

-Ah, eres tú -murmuró al ver entrar a su marido.

-Dormilona -contestó él.

Bella se quedó mirándolo a los ojos por él espejo.

-A ti no te hacen falta esas cosas -le aseguró Edward frunciendo el ceño y mirando la increíble

Colección de maquillajes que Bella tenía-. Tíralos.

-Me gusta pintarme -contestó Bella con actitud desafiante porque no le había gustado que le hablara en tono tan dominante.

-Pues a mí, no -le informó Edward.

-Me alegro entonces de que no te maquilles -bromeó Bella.-No me gusta lo que es falso.

Bella terminó de pintarse los labios de color fresa y le sonrió.

-Eres un hombre increíble... pero demasiado controlador y mimado...

-¿Mimado? -repitió Edward estupefacto.

-Estás acostumbrado a dar órdenes a todo el mundo, al servicio de tu casa, a los empleados de tu banco, a todo el mundo. Cualquiera diría que te vas a cansar cualquier día de dar órdenes, pero parece que cada vez te gusta más.

-Expresar mis preferencias no es lo mismo que dar órdenes -contestó Edward con frialdad.

-Hablas en un tono que parece que das órdenes, pero te advierto que no voy a dejar de pintarme por que a ti no te guste el maquillaje. El traje que llevas es muy bueno, pero muy aburrido. ¿Lo vas a tirar a la basura porque a mí me parezca de hombre mayor?

-Es perfecto para ir al banco -contestó Edward.

-Pero ahora no estás en el banco -le recordó Bella mirándolo provocativa.

Edward se sacó las manos de los bolsillos y la agarró de las caderas.

-Estás muy graciosilla esta mañana...

Bella lo miró a los ojos y Edward la apretó contra su cuerpo.

-Me excitas -confesó-. Si las doncellas no es tuvieran en tu habitación haciéndote el equipaje, te tomaría aquí mismo. Me encantaría hacerlo de manera salvaje y rápida y creo que a ti también te iba gustar, bella mía.

Bella se sonrojó. No podía creer lo que acababa de oír, pero le había gustado. Le temblaban las piernas. Estaba completamente excitada. De hecho, los pezones amenazaban con taladrarle la camiseta.

-Creo que podría hacerlo sin estropearte el maquillaje -añadió Edward.

-No lo dudo...

-Pero creo que me voy a esperar a que te lo quites -sonrió mirándola con pasión.

-¡Pues vas a esperar sentado! -exclamó Bella mortificada por su burla y apartándose de él.

Lo miró de nuevo y se lanzó.

-Anoche vi a una mujer salir del salón y me es taba preguntando quién era...

-¿Qué mujer? -contestó Edward algo tenso.

-Tenía el pelo largo y era muy guapa.

-Ah, sí... -dijo Edward encogiéndose de hombros-. Es una empleada.

Bella sintió un tremendo alivio. Había sido tonta por sentir miedo por el mero hecho de ver a una mujer guapa en su casa.

En ese momento, una de las doncellas reclamó la atención de Edward.

-Bella, la doncella me está diciendo que no encuentra tu ropa -le dijo Edward-. Por lo visto, aquí no hay más que un par de trajes.

Bella se quedó de piedra. Obviamente, Edward esperaba que tuviera una impresionante colección de ropa, como todas las mujeres de hombres ricos.

¿Cómo demonios le iba a explicar que los armarios y los cajones estuvieran vacíos?

-Decidí hacer limpieza -contestó encogiéndose de hombros.

-Pero es que me está diciendo que sólo tienes dos vestidos, cara.

Bella se mordió el labio inferior y bajó la mirada.

-Tal vez, me excedí un poco...

Se hizo el silencio y Bella se puso cada vez más nerviosa.

-Voy a tener que ir de compras -murmuró mirándolo.

-Cualquiera diría que has estado viviendo en otro sitio -comentó Edward.

-¿Cómo se te ocurre decir algo así?

-Explícame, entonces, por qué los armarios están vacíos.

Bella tomó aire.

-Tuvimos una discusión estúpida porque no te gusta cómo visto y me enfadé tanto contigo que lo tiré todo -le explicó.

-Conociendo el genio que tienes, te creo -sonrió Edward.

-¿Por qué están haciendo las doncellas mi equipaje? ¿Dónde vamos?

-Al Castello Cullen.

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